La agitación de la vida no debe afectar nuestro verdadero yo, nuestra alma. No puede hacernos olvidar lo más importante.
La chispa divina, que está en nosotros, es nuestro yo real, de la que el cuerpo es solamente un destello.
Por tanto, procura vivir más intesantemente tu vida interior, la vida de tu verdadero yo, de tu alma.
Nuestros enemigos son los pensamientos erróneos que todos tenemos y que lanzamos al aire atrayendo pensamientos semejantes en el prójimo. En realidad, nadie puede ser enemigo nuestro, porque Dios habita en cada uno de nosotros. Anula las enemistades emitiendo pensamientos de tolerancia y de amor hacia todas las criaturas, que son templos de Dios.